El cachas, la culona y el feo

Deportes ilustrados diario. #9. 10 de abril de 2017

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I come, I work hard, I swear, I kick ass, I leave. Jubilados madrugadores con calcetines grises, deportistas profesionales en su primer turno de entreno, insomnes que besan sus bíceps frente al espejo, funcionarios que sudan lo que van a engordar en sus sillas de oficina, macizas con culos donde partir nueces, tipos que solo ejercitan los pectorales, monitores que afilan sus colmillos para seducir jovencitas, luchadores contra el uso generalizado del desodorante, cincuentones más en forma que tú y yo juntos, adolescentes delgados en busca del fin de la burla, pesos pesados que quieren dejar de serlo, atletas a 15 por hora en la cinta de correr, lectores de libros en las bicis estáticas, contorsionistas estirando en posiciones imposibles y tipos como yo que desinfectan sus manos cada 3 ejercicios.

Últimamente me estoy convirtiendo por voluntad propia y por invierno obligado, en una ratita que disfruta entre las paredes sudorosas del gimnasio del pueblo. De esos que tienen máquinas estropeadas, respaldos agrietados y poleas que chirrían cuando pasas de 50kg. Donde venimos los inmigrantes, vamos. Los hay mejores, pero carecen de emociones. El tema es que desde hace unas semanas y gracias a mi amigo Javier, que me ha animado a que lo convierta en una máquina de matar, frecuentamos la sala de pesas casi cada día como el dúo dinámico, a las 7 de la mañana. Calentamos, comentamos las noticias de la BBC, saludamos al resto de ratas mañaneras y nos dejamos las pelotas durante algo más de una hora. Llegamos, trabajamos duro, sudamos, pateamos unos cuantos culos y nos largamos.

El resto del día es miel sobre hojuelas, que coño. Y es que comenzar el día bombeando adrenalina, medio insomne, todavía con dolores de la sesión de ayer, es un acto de auto flagelación y complacencia que me activa para el resto de una jornada que ni siquiera acaba de empezar. Todo muy de anuncio de Nike, diciendo que los que madrugamos somos guays y cuando estamos tomando el café, ya hemos hecho 100 burpees al estilo Nick Tumminello… Hace unos días, leía en el periódico The Wall Street Journal que si no vas al gimnasio no es que seas un vago, es que vives muy lejos. Tomo nota.

El gimnasio es un lugar donde las apariencias te marcan un estatus y ese estatus es observado en silencio por los demás, comentando mentalmente los adjetivos con los que nos dirigimos los unos a los otros sin abrir la boca; el cachas, la culona, el feo, el que huele mal, la gorda, la tetas, el gay, el pesado, la que grita mucho, el zancadas, el Stallone, el etíope, la tímida y el loco. Y entre todos ellos, tú y el espejo donde te miras. En algunos gimnasios noruegos no permiten que los hombres lleven camisetas de tirantes, ni las mujeres top ajustados. Muy al estilo escandinavo y su famosa Ley de Jante, con la que intentan que la humildad y el igualitarismo nos juzgue a todos por el mismo rasero. No quieren vigorexias ni anorexias y en su opinión una estética en el gimnasio ‘más comedida’ nos pone a todos en una escala similar. Puede resultar un poco hipócrita de alguna manera, pero al menos es una forma de intentar respetar al de al lado. Semejante o no, nadie se merece la falta de respeto gratuita y agresiva; te falten músculos, o te sobre cacha.

 

 

 

 

 

 

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