Los Angeles

 

Deportes ilustrados diario. #10. 17 de abril de 2017

USA 2017. 5 días. 5 ciudades. 5 fotos.

Nos hospedamos en el mismo hotel que hacía 9 años. Si viniste hace 9 años, yo estaba aquí, detrás de este mismo mostrador, me dijo el conserje. Asiático, de unos 45 años, con botines con tacón para parecer más alto y una camisa decorada con palmeras. Aparcamos el Jeep en el callejón de atrás. En los hoteles baratos de Los Angeles no se piden habitaciones tranquilas. No se pide nada. El aire acondicionado sirve de compás al ruido del tráfico. Como un metrónomo infinito que esparce los sonidos de las calles. Y si lo apagas, el rumor de fuera entra tan dentro por las propias rendijas, que preferirías no haberlo apagado.

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Corrimos por Beverly Boulevard, Melrose, Sunset y Hollywood. Hollywood Boulevard ni siquiera tiene turistas por la mañana. No tiene nada. Ni siquiera sol. Las estrellas están tristes y sucias. Insignificantes para ser pisadas, escupidas o abrillantadas. Depende del nombre de la misma. Pan Pacifica Park, tiene el Museo del Holocausto. Corrimos de vuelta hasta allí. Compramos un café para compartir en Andante Coffee Roaster. En Beverly con Stanley. Nos cobraron 14 dólares por un capuccino y un smoothie. Justo enfrente y haciendo esquina está el colegio y sinagoga judía de Etz Jacob. Hay un guarda de seguridad armado en la puerta. Son las 8 de la mañana y los niños entran a cuenta gotas. Se abren las puertas con rejas, entra un niño. Antes que el profesor te de los buenos días, te los da la inseguridad. Entrar en un colegio con rejas. Cada día.

El Museo del Holocausto te deja pequeño. Te hace llorar sin necesidad de entrar. Leí algunos de los miles de nombres. Los toqué con mis dedos. Museos para recordar lo miserable que es el ser humano. Museos en parques donde los perros que pasean cuestan miles de dólares. Museos del Holocausto enfrente de una sinagoga judía. Con un policía armado. El que abre la reja y deja entrar los niños. El que cierra la reja y deja salir a los niños.

En Wilshire Boulevard cogimos el autobús hasta el downtown. Mid-Wilshire, Koreatown, Mac Arthur Park y Westlake antes de entrar en el Financial District. Koreatown te da una lección acelerada de interacciones raciales. Un koreano, un africano, un chino, un pakistaní, un español y un gringo compartiendo sudor, aliento y miradas. Paradas de autobús que marcan las calles como fronteras geográficas. El mundo en 10 bloques. Mac Arthur Park te toca y te hunde. Te agarra de las pelotas para no soltarte durante las 3 paradas que hace allí el número 16. Otro tipo de holocausto. Semi oculto entre miles de tiendas de campaña, pero este sin nombres que recordar.

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El distrito financiero te engulle entre rascacielos. Un tipo entra en un parking al aire libre e intenta abrir un Range Rover. En el siguiente parking lo consigue, coge algo del asiento y se va. Caminamos a su lado un par de manzanas. Giramos en la segunda con Olive y lo perdemos. Llegamos al The Broad. Es un día especial y está abierto a las ocho de la noche. Uno de los mejores putos museos de arte contemporáneo del mundo. Allí no hay inquilinos del parque Mac Arthur. Solo turistas de mierda como nosotros, locales y perturbados en su noche libre del psiquiátrico. El The Broad te da tanto como te quita de una sala a otra. Artistas, farsantes, genios y oportunistas mezclados en un mismo espacio. Que compartan museo no quiere decir que todos sean igual de buenos. Algunos apestan. Otros te miran desde sus obras y te rompen por dentro.

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Me compro una gorra en el The Broad. Es gris y tiene una B bordada en negro. Me sienta bien. Cada vez que me la ponga me recordará donde estuve. Donde estuvimos. La usaré unos días más en Los Angeles. Y el día que nos vayamos, nada de nosotros quedará allí. Ni siquiera los selfies con las estrellas del Hollywood Boulevard. Ni los tickets del autobús, ni el sabor de los cafés, ni el olor de los homeless, ni las vistas desde Griffith Park. O quizá si. Quizá se quede todo allí para cuando vuelva. Y el mismo conserje me dará la llave de la habitación. La 305 creo que era. El mismo conserje años más tarde. Yo no seré el mismo. O quizá si. Años más tarde.

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El cachas, la culona y el feo

Deportes ilustrados diario. #9. 10 de abril de 2017

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I come, I work hard, I swear, I kick ass, I leave. Jubilados madrugadores con calcetines grises, deportistas profesionales en su primer turno de entreno, insomnes que besan sus bíceps frente al espejo, funcionarios que sudan lo que van a engordar en sus sillas de oficina, macizas con culos donde partir nueces, tipos que solo ejercitan los pectorales, monitores que afilan sus colmillos para seducir jovencitas, luchadores contra el uso generalizado del desodorante, cincuentones más en forma que tú y yo juntos, adolescentes delgados en busca del fin de la burla, pesos pesados que quieren dejar de serlo, atletas a 15 por hora en la cinta de correr, lectores de libros en las bicis estáticas, contorsionistas estirando en posiciones imposibles y tipos como yo que desinfectan sus manos cada 3 ejercicios.

Últimamente me estoy convirtiendo por voluntad propia y por invierno obligado, en una ratita que disfruta entre las paredes sudorosas del gimnasio del pueblo. De esos que tienen máquinas estropeadas, respaldos agrietados y poleas que chirrían cuando pasas de 50kg. Donde venimos los inmigrantes, vamos. Los hay mejores, pero carecen de emociones. El tema es que desde hace unas semanas y gracias a mi amigo Javier, que me ha animado a que lo convierta en una máquina de matar, frecuentamos la sala de pesas casi cada día como el dúo dinámico, a las 7 de la mañana. Calentamos, comentamos las noticias de la BBC, saludamos al resto de ratas mañaneras y nos dejamos las pelotas durante algo más de una hora. Llegamos, trabajamos duro, sudamos, pateamos unos cuantos culos y nos largamos.

El resto del día es miel sobre hojuelas, que coño. Y es que comenzar el día bombeando adrenalina, medio insomne, todavía con dolores de la sesión de ayer, es un acto de auto flagelación y complacencia que me activa para el resto de una jornada que ni siquiera acaba de empezar. Todo muy de anuncio de Nike, diciendo que los que madrugamos somos guays y cuando estamos tomando el café, ya hemos hecho 100 burpees al estilo Nick Tumminello… Hace unos días, leía en el periódico The Wall Street Journal que si no vas al gimnasio no es que seas un vago, es que vives muy lejos. Tomo nota.

El gimnasio es un lugar donde las apariencias te marcan un estatus y ese estatus es observado en silencio por los demás, comentando mentalmente los adjetivos con los que nos dirigimos los unos a los otros sin abrir la boca; el cachas, la culona, el feo, el que huele mal, la gorda, la tetas, el gay, el pesado, la que grita mucho, el zancadas, el Stallone, el etíope, la tímida y el loco. Y entre todos ellos, tú y el espejo donde te miras. En algunos gimnasios noruegos no permiten que los hombres lleven camisetas de tirantes, ni las mujeres top ajustados. Muy al estilo escandinavo y su famosa Ley de Jante, con la que intentan que la humildad y el igualitarismo nos juzgue a todos por el mismo rasero. No quieren vigorexias ni anorexias y en su opinión una estética en el gimnasio ‘más comedida’ nos pone a todos en una escala similar. Puede resultar un poco hipócrita de alguna manera, pero al menos es una forma de intentar respetar al de al lado. Semejante o no, nadie se merece la falta de respeto gratuita y agresiva; te falten músculos, o te sobre cacha.

 

 

 

 

 

 

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Prefiero perder, que ayudarte a ganar

Deportes ilustrados diario. #8. 9 de abril de 2017 #ParisRoubaix2017

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Para los que nos dedicamos a escribir de ciclismo, los favoritismos no existen. Es como cuando preguntan a un niño si quiere más a papá o a mamá. No se contesta. Se sonríe y se miente. Greg Van Avermaet bajó un escalón en mi escala de esos favoritos que ‘no existen’, cuando ganó en Río 2016. La caída de Nibali me llegó tan dentro del corazoncito de supuesto observador objetivo, que cayó todo mi recelo sobre el bueno y bronceado de Greg. En ciclismo no se puede decir que uno ha ganado porqué el otro se ha caído, ha pinchado o le han hecho todo el trabajo. Se sabe, pero no se dice. Nunca se cuestiona un triunfo. En esos favoritismos que ‘no existen’ me hubiera gustado que ganara Boonen. Porque me cae bien, porque dejó la adicción a la cocaína, porque se retira este año y porque corría con la Roubaix de Specialized. Los gringos son de los pocos fabricantes que saben innovar tecnológicamente en condiciones.

La clásica de hoy, polvorienta y llena de trabajo para las motos de Mavic, ha dejado a un Sagan tocado y hundido hasta que vuelva a coger fuerzas para la Amstel Gold Race, un Boonen que se queda sin su quinta Roubaix en su año de despedida y un Stybar que aún siendo mejor esprinter que Greg, se ha pasado de desarrollo en un velódromo como el de Roubaix que ni tiene los peraltes altos, ni la superficie rápida. Van Avermaet le ha ganado con piñón más grande. Con dos cojones. Lección aprendida para Stybar.

El resto es historia. Nos quedaremos con los 5 o 6 directores de equipo que yo hubiera despedido si fuera su jefe, después de tener corredores en un pelotón de 30 tíos y que ninguno haya tenido el valor para neutralizar a un grupo de 5 que estaba a menos de un minuto. Aquí al ciclismo y al ciclista le queda mucho por aprender. Prefieren perder seguro, que intentar ganar por no beneficiar a un rival. Mal, muy mal. Solo tienen excusa los que llevaban a un compañero delante (BMC,Trek, Cannondale, Sky  y Quick-Step), el resto, a la cola del paro.

Y es que el perder para no permitir ganar al resto es una posición ciclista fácil de entender, pero dura de ver para el espectador. Stybar no tira porque prefiere perder a que gane Greg Van Avermaet. Boonen no tira porque si tira se beneficia el resto del grupo. Sagan no tira porque le sigue Boonen y se beneficia de su trabajo… Y así, suma y sigue en una cadena de si tú no tiras yo tampoco, que ha dejado a Greg y compañía luchando y regulando sus 30 segundos de media de ventaja y a un Daniel Oss que hasta el kilómetro 20 se ha dejado las pelotas en el pavé, para que Greg rematara y descorchara el champán. Trabajo en equipo para enmarcar.

Esto que se conoce como el ‘efecto Cancellara’, al que seguía todo el mundo aunque parara a mear, no es más que un nuevo tipo de ciclismo, que deja para algunos pocos las gestas como la de Gilbert de hace unos días en el Tour de Flandes. Greg Van Avermaet también ganó en la Gent-Wevelgem y según San Sagan, capítulo 4º, versículo 3, ‘así lo quiso porque neutralizó la chupada de rueda escandalosa de Niki Terpstra.’ Amén.

 

 

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