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¿En que piensa un futbolista?

Deportes ilustrados diario. #4. 30 de marzo de 2017

img_0473Siempre he sentido curiosidad por lo que debe de pensar un futbolista cuando sale en su coche del campo, para irse a casa después de un partido. Si ganas, los fans se abalanzan sobre ti. Te quieren, te idolatran y te jalean. Si pierdes, eres un hijo de puta, mercenario que no siente los colores. Si fuera mi caso, lo único que estaría pensando es en las huellas y en los arañazos que los hinchas me estarían haciendo en el coche. Si, soy un poco maniático con eso. El niño con las manos sucias, el que se ha comido un bocadillo de lomo con queso, el que me está rayando la chapa con la hebilla del cinturón, el que me está doblando el espejo con la barriga, una que se le ha enganchado el pelo en un limpiaparabrisas y el que se ha subido a el techo y me está jodiendo la antena. Eso por un lado. Por otro lado imaginaros la perspectiva del jugador cuando tiene a una centena de energúmenos y algunas energúmenas totalmente engorilados a la salida de un parking, porque su empresa ha hecho un buen trabajo esa noche. La imagen desde dentro del coche debe de ser al menos inquietante.

Si fuera mi caso también pensaría como cojones nos patrocina Audi (en el caso del F.C Barcelona y Real Madrid). ¿Audi? Ni siquiera en eso los directivos se enteran de nada. El 90% de la gente que va al campo son currantes. Familias normales capaces de vender sus riñones para pagarse un abono anual. Familias que no conducen Audis. Si los departamentos de marketing y contabilidad de los grandes clubes fueran un poco más listos, buscarían hacer negocio con marcas generalistas. Marcas con coches eléctricos de gama media que lucirían todos sus jugadores cada vez que fueran al campo. Así, la gente vería un club concienciado con el medio ambiente y unos jugadores que dejarían sus deportivos de lujo para los ratos libres. Además, patrocinar con coches de 100.000€ a futbolistas que cobran millones no deja de ser una herramienta de marketing habitual y lógica en esos niveles económicos, pero ciertamente estúpida de cara al exterior. Los futbolistas hoy en día no es que tengan una imagen muy ligada al lujo ‘refinado’ precisamente.

Si fuera mi caso también pensaría en el jodido destino, exista o no. Si soy un jugador de éxito de esos que despuntaron a los 10 años jugando en un campo de tierra después de misa, pensaría que estoy allí por la gracia del Dios de la genética. Esfuerzo y trabajo aparte, la genética nos marca unas habilidades físicas que desarrolladas correctamente te pueden llevar a la excelencia. Yo por mucho que le hubiera dado al balón de pequeño, nunca hubiera podido ser futbolista. Sin genética, los futbolístas millonarios no serían más que los demás; es decir, electricistas, camareros, albañiles y reponedores del Alcampo. Sin Audis y algunos de ellos sin riñones para pagarse el carnet de socio.

Evidentemente generalizar y estereotipar es fácil. El mundo del fútbol nos lanza unas señales de modelo de negocio que son bastante lamentables si las intentamos integrar en la sociedad actual. Y por eso yo también estereotipo. Pasar de ser un adolescente con acné, a ser un veinteañero rico y famoso no debe de ser nada fácil. También depende de los clubes y por supuesto de los propios futbolistas. Hay clubes de primera y de segunda con una actividad empresarial y futbolística impecable que tratan que sus jugadores se ganen bien la vida, pero inculcando unos valores y una imagen mucho más cercana al resto de mortales. Para ello integran las categorías infantiles y femeninas en el organigrama y hacen que los aficionados tengan una cercanía casi diaria con futbolistas y cuerpo técnico, que aún con el privilegio económico que se les supone al estar ahí, socialmente son más queridos que repudiados. Ganen o pierdan, conduzcan Audis o Skodas.

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Porque hay que saber de fútbol

Deportes ilustrados diario. #1. 27 de marzo de 2017

Futbol

En la sala de espera del médico, en la puerta del colegio de tus hijos, en la cola de la carnicería, en el taxi con uno del Atleti, en el ascensor con el vecino del quinto, en el bus con el albañil que vuelve del tajo, en El Corte Inglés con el reponedor de fruta, en las cenas de empresa con el de contabilidad, en el parque con el que pasea perros, en el gimnasio con el que lee el Marca en la bici estática. También hablas de fútbol en el metro, en la ferretería cuando pides tornillos rosca chapa, en el bar cada maldita mañana de lunes y por supuesto, en bodas, banquetes y bautizos con tu cuñado. Si, sobre todo hay que saber de fútbol para poder hablar de algo con tu cuñado.

Hubo un tiempo en que no había tantos apelativos generacionales. Eras o niño o joven o viejo. Eran tiempos en los que la ausencia de internet nos hacía listos o tontos tras haber estudiado o no, en bibliotecas, colegios o universidades. Tiempos en los que la capacidad para mover las redes sociales se medía por el número de gente que saludabas en los bares y en el barrio. Nada de likes, google analytics, ni snapchats de mierda. Sin etiquetas, todos estábamos englobados en esos niños, jóvenes o viejos, en los que la clase social, determinaba tu vestimenta y con eso el tipo de amigos, los colegios de pago o no y el nivel de inglés. Pobre, nospeakenglish, rico, yes I do. Eran épocas en las que no había mileuristas, ni hipsters, ni millennials, ni ninis. Épocas en las que solo se hablaba de dos cosas; del coche que tenía tu padre y del equipo de fútbol que eras.

Todo era mucho más fácil, superficial y amable. Solo había que saber de coches y de fútbol. Así de este modo, el macho alfa se convertía en un ser pluricelular que asociaba de manera rápida y ejemplar los pensamientos entre los caballos del motor de un Ford Escort XR3i y la alineación de su equipo el fin de semana. Así, entre cañas y tapas con un palillo en la boca.

En la actualidad es mucho más complicado. Los jóvenes de entre 20 y 35 hablan en un lenguaje que nos llega de refilón a los que rondamos los 40 y que no solo apenas lo entendemos, sino que quedamos caducados en el momento que abrimos la boca para decir; ¿super cool no? Aprendida la lección, con tipos menores de 40 mejor no hablar. Y mejor no hablar de nada si es posible. ¿Y con el resto? Con el resto de fútbol.

Hablar de fútbol con familia, desconocidos y viejos amigos, es el mejor consejo que te puedo dar si te quieres sentir integrado en cualquier tipo de entorno, sin necesidad de leer a Chomsky o tener un perfil actualizado en Linkedin. Eso, que se joda Linkedin

Conozco a un tipo que aún siendo de mi misma generación, se ha sabido adaptar por su profesión a las generaciones a las que dobla en edad. Resulta asombroso como es capaz de combinar los super cool que suelta, con un ‘vaya golazo el de Messi el domingo’ y que todo parezca de lo más natural del mundo. Ha logrado adaptarse a un mismo tiempo a niñatos vestidos de Supreme y a electricistas que se limpian el aceite del bocadillo de atún en la manga del mono azul. Y si, con un palillo en la boca.

Y es que en la adaptación está la clave del éxito. Yo nunca he sabido mucho de fútbol, pero a pesar de ello, no hay día que no repase la actualidad futbolística por un ‘por si acaso’. Resulta más interesante adaptarse a una reunión de amigos hablando de los partidos del fin de semana, que vacilando de que has sido capaz de leerte de un tirón un libro de Jodorowsky. Hoy en día lo cool es no ser cool

Saber de fútbol te convierte de manera inmediata en un ciudadano de primera. Si, no te asustes. El ‘circo del pueblo’ ahora se valora como un plus de sabiduría incluso en círculos periodísticos, de escritores, músicos y artistas. De hecho, esa habilidad para combinar el ‘gafa pastismo’ elevado, con las conversaciones de barra de bar te ayudarán a sentirte más integrado que nunca. En otras palabras, menos letras y más patadas.

Por eso hay que saber de fútbol. Porque donde no llega la sabiduría, ni los estudios, ni tus perfiles de las redes sociales, llega el nexo del deporte de masas que cumpliendo su función social, apacigua, entretiene y da conversación. Habla de fútbol. No tengas miedo. Quítate ese tabú social de la cabeza. Te sentirás más seguro de ti mismo, no tendrás que demostrar tus méritos profesionales ni intelectuales y te adaptarás al 90% de los grupos con los que coincidas. Desde cenas familiares, hasta viajes de empresa, pasando por conversaciones en los asientos del tren. La sociedad y tu cuñado te lo agradecerán.

 

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Gol de España

Sondear no es que te metan una sonda. Podría ser, pero no. Sondear es entre otros, preguntar a la gente a las puertas de los colegios electorales sobre el partido político al que han votado. Algunos dicen por el PP, otros dicen Podemos y otros apuestan por la canción de Suecia que tiene un estribillo muy pegadizo. Una vez sondados, hacen un formula matemática espectacular y te dicen el resultado de las elecciones de antemano con la misma rigurosidad que un sorteo de la Champions. Camino de casa, seguimos en las noticias que la sonda entró por el agujero equivocado y que el tratamiento va a durar otros cuatro anos, perdón años. Es decir, sondear no es solo poco fiable sino doloroso y ciertamente subjetivo.

Pero el dolor y la subjetividad es algo que viene en la genética de todo buen español. Tenemos la tendencia de agachar la cabeza y encoger los hombros esperando la colleja, cuando una mano ajena se levanta por encima de la horizontal del hombro. Si has recibido una, esperas la siguiente. Y si es rapidito mucho mejor. Nos gusta el dolor y el drama tanto como la fiesta, y sin la queja continuada no podríamos decir eso de “ser español es muy duro”.

Lo de la subjetividad no es mas que un tema de desconocimiento. No es que seamos tontos, es que no sabemos gran cosa y eso afecta demasiado a nuestra toma de decisiones. Y en ese sentido la sociedad se regula por si misma para situarnos en la pirámide democrática, no por orden meritorio, sino por orden aleatorio. Tontos y listos pueden estar en un mismo estrato social y profesional, de ahí que haya un porcentaje regulado de inútiles en todo puesto de importancia. Por otro lado, dicha subjetividad sumada al desconocimiento, forman en conjunto un elemento perfecto para que nuestros argumentos a favor o en contra de una decisión, tengan casi la misma validez que nuestro voto. Un voto.

Y votar y sondear es lo que se hizo ayer en un porcentaje cada vez menor, porque aunque carentes de conocimiento, los tontos ya no lo son tanto y los listos lo son cada vez menos. 6 meses mas tarde tenemos tablas en el marcador con el personal votante con cara de gilipollas. Nada que no esperáramos, pero nada que deseáramos.

Con semejante panorama, hoy todos confiábamos que la Selección Española de Fútbol se armara de coraje y tiki-taka para devolver la ilusión a esos votantes aplastados, después de un ejercicio de democracia un tanto ingrato pero real como el de ayer. Pero en la democracia como en el fútbol no gana el mejor, sino el más votado o el que más goles mete. Y a los españoles, goles nos han metido unos cuantos; en tiempo reglamentario, prórroga y penaltis. Hoy nos han caído dos de los italianos y ayer uno que marcó España en su propia portería… Pero un gol es un gol ¿no? Celebrémoslo y besémonos el escudo al unísono, porque… ¡Este partido, lo vamos a ganar…!

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